Miércoles 24 de Mayo de 2017

Editorial

Política, desarrollo y Estado

La Argentina tiene, desde siempre, el problema del desarrollo. Consigue rachas de crecimiento, pero no logra que esos se conviertan en un proceso sustentable y distributivo

Viernes 16 de Noviembre de 2012

La política le debe a la Argentina varias asignaturas. Hay allí exceso de electoralismo, improvisación, mitos, “teoría conspirativa”, imposturas de “épica” o de “gesta fundacional”; y, en cambio, escasean dos sentidos: el bueno y el común.

 

El buen sentido es el ejercicio de la razón honesta; el sentido común es el ámbito de lo sensible. Una buena combinación de ambos permite a las personas identificar un problema, comprender su raíz profunda y, a partir de ahí, razonar sobre la mejor forma de resolverlo.

 

Cuando la política los utiliza en el gobierno del Estado adquiere una formidable capacidad para priorizar y resolver problemas públicos. La confrontación con los problemas públicos, más que la búsqueda del Poder por el Poder mismo, es el objetivo virtuoso de la política.

 

La Argentina tiene, desde siempre, el problema del desarrollo. Consigue rachas de crecimiento, pero no logra que esos episodios de aumento del producto real se conviertan en un proceso duradero, sustentable y distributivo.

 

El abordaje político de problemas públicos, como lo es el desarrollo, requiere un aparato estatal “fuerte e inteligente”.

 

Un Estado puede tener, desde el punto de vista de su gasto, una alta participación en el Producto Interior Bruto de un país y, aún así, ser un “Estado ausente” si en los hechos no es capaz de:

Formular para sí y para la Nación un plan estratégico que exprese los consensos básicos en torno de los modos de organización interna y de vinculación con el mundo.

Cumplir bien sus funciones esenciales, como la administración de justicia y la seguridad.

Definir y aplicar una política de gastos e ingresos públicos que coadyuve a una redistribución progresiva de la renta nacional.

Proveer eficientemente bienes sociales, como lo sería un “medio ambiente” limpio.

Organizar y regular los mercados para favorecer una producción amplia, diversificada y competitiva, y evitar la concentración económica.

Suministrar servicios de educación y salud de buena calidad.

Planificar su “poder de compra” para obtener economías de abastecimiento y para promover sectores y regiones.

 

Si el gasto público es de una magnitud considerable y, de todas formas, no se aprecian resultados tangibles en los aspectos de gestión antes mencionados, tendremos en ese caso un “Estado derrochón” y una mala conducción de los asuntos públicos.  

 

Quien escribe este texto no es alguien que reniegue permanentemente del Estado o que sea un crítico atemporal de su presencia, cualquiera fuera la extensión de ésta. Es alguien que ha sabido de épocas en las que el Estado estaba menos preocupado por enviar señales que sean bien interpretadas afuera y, en cambio, derramaba por el país obras de infraestructura y concretaba una distribución progresista del ingreso; un Estado que planificaba su acción, que se planteaba metas y objetivos, que organizaba sus recursos. Los tiempos han cambiado. Ahora, esta misma persona le reclama a la política el uso de los sentidos enunciados al comienzo para que pueda ser capaz de ver y valorar la necesidad de tener un “Estado de todos” y no un “Estado de partido”.

 

Hugo Quintana

 
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