Publicado: 12-07-09

OPINION: Dr. HUGO B. QUINTANA, PRESIDENTE FUNDACION EFORO 

Llega el lunes y ese compañero de oficina nos cuenta sus peripecias amorosas del fin de semana. Sus múltiples conquistas, sus extraordinarias aventuras con el sexo opuesto.

Pero la realidad es que nadie lo vio nunca en pareja. No hay quien pueda atestiguar tantas victorias narradas de viernes o sábado a la noche.

Entonces, esas historias que uno escuchaba cada comienzo de semana van perdiendo interés, sobre todo cuando la fantasía se reitera sin pruebas.

Vaya uno a saber cuáles son las motivaciones de las mentiras, tal vez quedar bien, quizá la vergüenza y, por qué no, obtener los provechos que la verdad parece no conceder.

La política y la mentira suelen ser, en nuestro imaginario colectivo, buenas compañeras. Algunos dirán que son siamesas inseparables.

Con la mentira nos han dicho a los argentinos que ganábamos una guerra.

Con la mentira algunos se han apropiado de niños haciéndolos pasar por sus hijos. Con la mentira se pretendió sostener nuestra moneda, se han votado leyes, se han cometido estafas sociales y demás.

Y así como la fe consiste en creer sin ver, es posible que la desesperanza argentina nos haga que no creamos aunque veamos.

Pero, de algún modo, el mentiroso termina pagando las consecuencias de sus mentiras. Como en la fábula del pastor de ovejas que anunciaba, falsamente, la llegada del lobo, cuando éste en verdad se aproxima ya nadie le cree.

Si nuestras estadísticas salariales, laborales, de precios, de empleo, son tergiversadas por años, cuando se nos pida un apoyo, cuando se nos solicite un respaldo con el voto o con la confianza, será difícil o imposible nuestro compromiso.

La gripe A pasea sus virus por nuestras calles; el dengue, mientras tanto, aguarda amenazante la llegada del calor. Mucho es lo que nos informan al respecto y, nosotros, en esta emergencia, deambulamos confundidos sin creer nada de los que nos dicen, con las consecuencias catastróficas que esta situación conlleva.

Si bien la mentira es un comportamiento social habitual, el mitómano se caracteriza por apelar a esta conducta frecuentemente sin valorar las consecuencias. Trata de disimular una realidad que él considera inaceptable apelando a un accionar que para todos es inaceptable.

Estamos, en definitiva, en una sociedad acosada por la enfermedad, es hora, como nunca, de recurrir a la verdad. La verdad, como muchos remedios, puede ser amarga, pero siempre es saludable aplicarla.