Publicado: 02-07-09

El Gobierno emprende cambios en el Gabinete. Después de la anunciada partida de Graciela Ocaña, Ricardo Jaime fue el primer funcionario de peso en renunciar a su cargo. Cómo sigue la renovación del elenco oficial. 

En una tarde de nervios, el cuestionado secretario de Transporte de la Nación, Ricardo Jaime, presentó su renuncia indeclinable. Es el segundo funcionario que deja el Gobierno a tres días de la derrota del kirchnerismo en las urnas –la primera fue la ministra de Salud, Graciela Ocaña–. Al cierre de esta edición, también circulaban versiones sobre cambios en el área de Economía. La lista de posibles renunciantes incluía al ministro de esa cartera, Carlos Fernández, y al secretario de Comercio, Guillermo Moreno. Sergio Massa, por su dual desempeño en Tigre, también fue incluido en la lista.

Luego del revés electoral, el gobierno nacional decidió aplicar el operativo retoque. Esto es, un recambio de gabinete. Pero buscando el costo más bajo y la menor dosis de dramatismo posible.

La cabeza de Jaime, "el señor de los subsidios", era reclamada por todo el arco opositor –desde Pino Solanas y Elisa Carrió hasta Federico Pinedo– debido a la cantidad de denuncias en su contra. Este pingüino de origen cordobés manejaba un presupuesto de 3.000 millones de pesos anuales, fue el responsable de la expropiación de Aerolíneas Argentinas a la española Marsans, del manejo del servicio ferroviario que volvió a manos del Estado y estuvo envuelto, entre otros, en el escándalo de las "narcovalijas" del caso Southern Winds. Su renuncia, dijo, respondió a "motivos personales". Pero voceros oficiosos del Gobierno admitieron que también había pesado la derrota electoral en Córdoba y una denuncia por la utilización de un avión privado de origen dudoso.

Ricardo Raúl Jaime nació en Córdoba el 16 de enero 1955. Allí se recibió de ingeniero agrimensor y consiguió trabajo en la Dirección General de Catastro provincial, durante la última dictadura militar. Cuando volvió la democracia decidió emigrar a Caleta Olivia, una ciudad petrolera al norte de Santa Cruz. En el Sur, tras un breve paso por el Instituto de Desarrollo Urbano y Vivienda –organismo encargado de la obra pública–, comenzó su carrera política: en 1987 consiguió su primer cargo electo, una banca de concejal en aquella ciudad. Desde allí traccionó votos para que Néstor Kirchner, un entonces ignoto intendente de Río Gallegos, ganara la gobernación de su provincia. Con el triunfo del pingüino, Jaime obtuvo su premio: se ganó un lugar en el gabinete santacruceño como secretario general de la Gobernación. Manejó el vínculo con los medios de comunicación y administró los recursos de la provincia. Desde entonces y hasta 1999 el lazo entre ambos se afianzó. Ese año regresó a Córdoba. Pero en el 2003, apenas Kirchner asumió la presidencia, Jaime regresó a la pingüinera.

Fue nombrado en la estratégica Secretaría de Transporte, dependiente del Ministerio de Planificación Federal, en manos de Julio De Vido.

En esa secretaría pasaría seis años y se transformaría en "el hombre de los subsidios". De él dependían los servicios de trenes, colectivos, micros, aviones y subtes del país. Para subsidiar a los empresarios del transporte, manejaba 3.000 millones de pesos anuales provenientes de fideicomisos del Estado, fondos que, según la Auditoría General de la Nación, eran de dificultoso control.

A pesar de la gestión, nunca perdió su rol de armador político. De hecho, fue él quien convenció al ex basquetbolista Héctor "Pichi" Campana de integrarse a la pelea electoral en Córdoba. Cultor del bajo perfil, poco a poco, el hombre de barba candado, apasionado por el buen vestir, los anillos y cadenitas de oro, fue ganando espacio en las primeras planas de los diarios. Y no justamente por sus gustos estéticos.

El primer escándalo que lo envolvió fue el caso Southern Winds. En febrero de 2005, dos valijas cargadas de droga, despachadas por esa aerolínea, circularon por horas en el aeropuerto de Barajas, en España, sin que nadie las reclamara. Curiosamente, el equipaje tenía una etiqueta que decía "Embajada Argentina en España". El Estado argentino, a través de Lafsa –una aerolínea que jamás despegó– se había asociado con SW y le otorgaba subsidios, vía Jaime. La cooperación se interrumpió luego de que trascendiera el caso de las "narcovalijas". Este hecho le generó a Jaime un expediente en la Justicia.

El ex fiscal de Investigaciones Administrativas Manuel Garrido también lo puso en su mira. Lo acusó de irregularidades en la remodelación de estaciones de trenes y la recomposición de vagones operados por Ferrovías.

Amante de las artes marciales, uno de sus últimos roces fue la estatización de Aerolíneas Argentinas, que negoció con el grupo español Marsans y que derivó en una escalada de tensiones con el gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero.

Su salida del Gobierno no le garantiza un futuro reposado. El jefe del bloque de diputados nacionales de la Coalición Cívica, Adrián Pérez, pedirá al juez Julián Ercolini que le impida la salida del país, en el marco de la causa que se instruye por asociación ilícita contra funcionarios del gobierno nacional.

Su reemplazante es Juan Pablo Schiavi, ex ministro de Obras Públicas de la Ciudad de Buenos Aires, que actualmente preside la Administración de Infraestructura Ferroviaria nacional.

El secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno, es un abonado a las listas de eventuales renuncias. Polémico por haber intervenido los números del Indec, y por sus métodos vehementes para negociar precios con los empresarios, el funcionario fue un blanco favorito de la oposición. Pero no sólo de ellos. Su pelea con el entonces ministro de Economía Martín Lousteau, en pleno conflicto con el campo, fue difundida por cadena nacional.

Considerado por sus defensores como el Galbraith argentino, se forjó al calor de la doctrina peronista. Su relación con Kirchner se remite al Grupo Calafate, un comité técnico creado por el ex presidente cuando era gobernador con la intención de forjar ideas que revirtieran las políticas neoliberales. El jefe formal de Moreno, el ministro de Economía Carlos Fernández, fue inesperadamente incluido en la lista de posibles bajas. Si bien obtuvo algunos cuestionamientos por su bajo perfil, su nombre no apareció vinculado a ningún escándalo.

Por el contrario, todo lo hizo en voz baja: desde el anuncio de pago al Club de París –que nunca se concretó– hasta el reclamo de asistencia financiera para países emergentes a organismos multilaterales como el BID. Centrado en administrar la deuda pública y en la recaudación de impuestos, la crisis económica mundial le explotó en las manos. Con su recambio, el Gobierno K buscaría dotar la cartera con un nombre de peso capaz de amortiguar las eventuales críticas a las decisiones económicas.

Otro funcionario cuya continuidad se puso en duda fue el jefe de Gabinete, Sergio Massa. Néstor Kirchner le recriminó el doble resultado obtenido en su pago chico, Tigre, donde fue electo intendente y está de licencia. Allí la colectora encabezada por su mujer, Malena, ganó la elección con un caudal de votos superior al de Kirchner. No se habló de traición, pero al día siguiente la propia Presidenta lo fustigó en público.

Según fuentes del Gobierno, las tres preguntas que le hizo Cristina Fernández a Massa, durante la conferencia de prensa que dio el 29 de junio, y que este no supo responder, fueron una reprimenda encubierta.

Los retoques de gabinete son un clásico poselectoral. Sin embargo, la derrota en la provincia de Buenos Aires obligó a forjar una estrategia que no reparta culpas entre los despedidos ni ponga en peligro la gestión. La solución elegida fue el goteo. Y algunos, ya se sabe, se van a mojar.