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Publicado: 02-01-2014

CABA.- Por Ricardo L. Toledo*. El tránsito urbano es un problema crítico que afecta la calidad de vida de la población y la productividad colectiva y, a pesar de las crecientes inversiones estatales, no encontró soluciones satisfactorias, ni las encontrará, porque las bases teóricas utilizados son insuficientes. Para comprenderlo, al focalizarse en los conductores, lo normativo, el clima, la infraestructura vial y la disponibilidad de señales, entre otros factores que, si bien intervienen, difícilmente puedan explicarlo.

El tránsito no puede ser entendido ni reconvertido desde si mismo, sino desde su contexto, pues es una articulación histórico-social dinámica, variable y de complejidad creciente, donde se generan y confrontan múltiples procesos, actores e intereses contradictorios. Es un espejo fiel y elocuente que refleja las modalidades y criterios valorativos vigentes en la convivencia cotidiana, según sea el posicionamiento que en la división social del trabajo y en los sistemas de dominación, tengan los distintos protagonistas, estableciéndose así quienes mandan y quienes obedecen. Quiénes son ciudadanos de primera y quiénes de segunda. El tránsito es una relación social en el sentido académico del término.

Las relaciones sociales, son el ADN de la Sociología, toda vez que “… no son vínculos humanos libremente seleccionados según los criterios personales de cada quién, sino una imposición social que las corrientes teóricas más relevantes del campo de la sociología, sin soslayar sus diferencias, convergen en definir como “necesarias, preexistentes e independientes de la voluntad del hombre” (según Marx) y “coactivas, supraindividuales y coercitivas”, según E. Durkheim. 

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