La curiosidad que despiertan los horóscopos funciona muy bien cuando está comenzando el año. Allí aparecen los libros con predicciones que se atreven a decirnos más o menos lo que nos va a suceder.

Pero no hace falta consultar a los astros, ni a los más certeros profetas, para saber que, cuando se trata de un gobierno no peronista, como el actual, las probabilidades de paros generales, y otros, aumentan.

Una constante política de la Argentina democrática es: a) con los gobiernos peronistas: PJ bastante unido y sindicalismo dividido; b) con los gobiernos no peronistas: justicialismo fragmentado y sindicalismo unificado.

Al justicialismo lo une estar en el poder teniendo un conductor definido; al gremialismo, en cambio, lo aglutina que otro partido, distinto del PJ, esté en el mando.

Marzo ha sido un mes agobiante de cortes y paros. Haría mal el Gobierno de no tomar nota y decisiones de estos llamados de atención que tienen sustento en reclamos justos acerca de las necesidades del trabajador en el corto plazo.

Pero también debemos reconocer que en cada medida de fuerza se agazapan los que poco y nada hicieron para impedir que la situación llegara a esta zona de pobreza y postergaciones.

Lo que parece molestar a gran parte de la sociedad es que los que callaron ante el impuesto al salario, la corrupción homicida, el trabajo en negro y disfrazado y la desmotivación laboral hoy quieran encabezar las marchas y ser los líderes de la justicia social.
Marzo se llenó de cortes y huelgas, mientras el pronóstico para abril irá desmejorando con paros generales de la CTA y la CGT juntas y/o separadas.

La inactividad laboral ha sido diversa y las razones siempre son atendibles, cese de tareas del transporte terrestre, de subtes, de hospitales, de docentes, de bancarios, de estatales, de municipales, de tripulantes y de mujeres.

Mientras haya un chico en situación de calle, mientras tengamos desnutrición habrá un motivo más que válido para parar. Sin embargo, ¿es la sobreabundancia de huelgas la solución?

Con alguna ironía y con la ayuda de las redes sociales, podríamos proponer el paro de abuelos porque no son atendidos por sus familiares o huelga de niños porque son víctimas del abuso y maltrato o huelga de brazos caídos de los zurdos, que son discriminados por no saber usar bien la mano derecha.

Tal vez, como solución, es momento de plantearse un paro de argentinidad por tiempo indeterminado. Que los argentinos decretemos un corte de comportarnos como argentinos.

Una huelga de argentinidad es dejar de ver el propio ombligo, congeniar nuestros cortos plazos, nuestras urgencias con un proyecto a más distancia.

Un paro de ser argentinos nos obligaría a cumplir las normas, a deponer divisiones. Un corte de argentinidad nos forzaría a abandonar la verba de falsa intelectualidad, a desistir de aparentar conocimientos que no se corresponden con la verdad, a dejar de tirar la piedra ocultando la mano.

Una huelga de argentinos nos conduciría a renunciar al cancherismo, el don de superioridad y la abundancia de palabras que nos llevan de contradicción en contradicción y, como consecuencia, de frustración en frustración.

Eduardo Mallea, en Historia de una pasión argentina, dice: “La peor, la más nociva, la más condenada de todas las personas actuantes en la superficie argentina es la persona que ha sustituido su vivir por un representar”.

El paro, la huelga, los cortes, son instrumentos válidos y necesarios en cualquier instancia democrática, pero los paros no pueden ser un fin en sí mismos ni el disfraz para ideologías partidarias. Un país parado, por definición, no avanza. Entre tanto paro, quizá sea hora de que los argentinos paremos un poco.

 

Federico Recagno, Secretario adjunto de la Asociación del Personal de los Organismos de Control (APOC).