El pasado 5 de marzo se celebró el día mundial de la eficiencia energética. Aunque no estemos seguros a qué refiere técnicamente, más de una vez escuchamos hablar de usar el aire acondicionado en 24°, apagar las luces que no estemos usando o sobre que en Europa se adelanta la hora en verano para aprovechar mejor la luz del sol. Todo eso es eficiencia energética. Ese concepto también está presente cuando vemos las etiquetas de los productos electrónicos que tenemos en nuestra casa o cuando presenciamos las noticias en los medios sobre los problemas que conlleva el uso ineficiente y la generación de energía en el país y sus tarifas asociadas. 

¿Qué es la eficiencia energética?

En términos generales es la capacidad utilizar de manera eficiente de la energía que consumimos para reducir el uso innecesario, y de este modo cuidar la producción y los recursos que se usan para generarla. Por más que parezca cuestión de electricistas o profesionales de la ingeniería, está presente en nuestras vidas de manera cotidiana: a veces de forma directa como cuando tomamos la decisión de comprar una heladera cuya etiqueta de eficiencia energética es A en vez de C, o de realizar tramos cortos en bicicleta o caminando en vez de en auto. Otras veces está presente indirectamente, como cuando se contempla el ingreso de luz natural al construir una casa para consumir menos horas de luminarias artificiales, o la utilización de materiales aislantes que reducen el impacto del clima exterior en el interior del hogar, permitiendo reducir el uso de calefacción o aire acondicionado. Por supuesto, también hay procesos más sofisticados como la instalación de paneles solares foto-voltaicos para producir nuestra propia energía. 

¿Por qué es importante? 

Hay varios factores que hacen de la eficiencia energética un tema de suma importancia, entre las que podemos mencionar cuestiones relacionadas al medio ambiente, como cuidar los recursos que se usan para producir la energía y promover acciones para reducir el calentamiento global. En este eje, se estima que la reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero para el 2040 podrían bajar 2° en la temperatura global. Otras cuestiones están asociadas a la economía, como el costo de las tarifas eléctricas o de gas que pagan los y las ciudadanas, y lo relativo al déficit en la balanza comercial, ya que los insumos para producir la energía en Argentina son mayormente importados.

Por último, también podemos pensar en cómo afecta factores relativos a la salud, cuando por ejemplo observamos los modos de producción de las centrales termoeléctricas que generan electricidad a partir de la incineración de residuos sólidos urbanos (conocido como “waste to energy” o WtE) y el impacto de los gases en la salud de quienes viven cerca. 

¿Cómo estamos con la eficiencia energética en Argentina? 

Los primeros esfuerzos institucionales del Estado argentino se hicieron a fines de los noventas, con una resolución que obligaba a que los aparatos eléctricos de uso doméstico cumplieran con ciertas funciones para ser comercializados. A esa norma se le sumaron el Régimen de Certificación de Etiquetado de Eficiencia Energética para Productos Eléctricos que obliga a los fabricantes nacionales e importadores al etiquetado y clasificación de los artefactos en cumplimiento de las normas técnicas IRAM, con el objetivo de fomentar el consumo consciente de los usuarios. El Programa Nacional de Uso Racional y Eficiente de la Energía creado en 2007 y con una fase destinada a edificios públicos (PROUREE), el Plan de Alumbrado Eficiente (PLAE) y el Plan Nacional de Eficiencia Energética (PlanEEAr) fueron las últimas medidas implementadas. 

En principio, para pensar la eficiencia hace falta discriminar en dónde y para qué se consume energía, ya que las medidas que tienen que tomarse en cada una de las áreas son distintas e implican estrategias diferentes. De acuerdo con la Secretaría de Energía en 2018, el 30,93% del uso de energía fue destinado al transporte, en segundo lugar se ubica el consumo residencial con un 25,18% y en tercer lugar está el consumo para la industria con un 23,44%.

 

 

Al día de hoy, pese a impactar de maneras distintas en una PyME y en una empresa grande, los principales problemas de implementación de la eficiencia energética en el sector productivo son los mismos: barreras económicas o de mercado (que hacen muy costoso y poco beneficioso para una empresa invertir en ello), de acceso a financiación y barreras institucionales o regulatorias.

 

 

Energicémosnos para el futuro

En primera instancia hay que tener presente que el trabajo de disminuir las cantidades de energía es responsabilidad de toda la ciudadanía, sea porque lo consumimos en nuestro ámbito doméstico o en una fábrica, sea porque elegimos qué electrodomésticos compramos, o porque sencillamente pensamos cuándo, cuánto y para qué la usamos. Ser conscientes y responsables es entonces el primer paso para caminar hacia la eficiencia energética.

De acuerdo con la Secretaría de Energía en 2018, el 30,93% del uso de energía fue destinado al transporte, el 25,18% al sector residencial y 23,44% a la industria.

Más allá de una ciudadanía consciente, es esencial un estado que adopte y promueva buenas prácticas en el uso, la operación y el mantenimiento de las instalaciones energéticas así como el empleo de tecnologías eficientes.

Nobleza obliga, vale aclarar también que muchos de los electrodomésticos clasificados como eficientes energéticamente (los que tienen A o AA) no suelen ser los más accesibles en el mercado. Como consecuencia, a las clases populares se les dificulta el acceso y se ven obligadas a adquirir aquellos aparatos que gastan más energía. Entonces, resulta sustancial promover políticas públicas que hagan económicamente accesible estos artefactos y que, en la medida de lo posible, promuevan su fabricación en la industria nacional. Y con una perspectiva más macro, hace falta generar mecanismos eficaces de sensibilización y concientización, así como de articulación de las distintas medidas provinciales, tanto entre sí como con el nivel nacional.

La eficiencia energética es uno de los Objetivos de Desarrollo Sostenible 2030 de la Organización de Naciones Unidas y es central para crear un modelo de crecimiento inclusivo y sustentable. Estamos en el siglo XXI y es necesario romper esa falsa dicotomía de medio ambiente vs. desarrollo. Por eso no hay desarrollo sostenible sin consumo energético responsable.