El Obelisco tiene 85 años y es uno de los monumentos más importantes del país y de la Ciudad de Buenos Aires especialmente. Está en el centro de la Plaza de la República en plena Avenida 9 de Julio. Todos lo vemos, todos lo tenemos en alguna foto, pero no todos lo subimos, porque en realidad casi nadie lo sube. El auditor.info recibió la invitación para estar en ese lugar tan transitado, pero desde adentro. El Gobierno de la Ciudad lo abrió por tareas de mantenimiento y este medio aprovechó la apertura de la reja gris que lo rodea y de la puerta del monumento, que ve venir los autos de frente por Avenida Corrientes, para sumergirse en su interior. 

Antes del ascenso, repasamos un poco de historia. Su construcción estuvo a cargo del arquitecto argentino Alberto Prebisch, a quien se lo encargaron con motivo del cuarto centenario de la primera fundación de la ciudad. La obra comenzó el 20 de marzo de 1936 y fue inaugurada el 23 de mayo de ese mismo año. “El Obelisco es uno de los monumentos más emblemáticos para los porteños y para todos los argentinos. Su imagen es una de las postales más características de nuestro país”, expresa Clara Muzzio, ministra de Espacio Público e Higiene Urbana.

 

Apenas entramos, lo primero que nos impacta es el cambio de luminosidad drástico: el sol que pega de frente en las paredes blancas del monumento apenas pasa por la puerta, que arriba tiene una lámpara que ilumina el cuadrado interior de la planta baja del Obelisco. 

Ya adentro, nos reciben los operarios de Defensa Civil, los argentinos que más veces subieron y bajaron el Obelisco, y Esteban Leis, gerente operativo de Parques Emblemáticos del Ministerio de Espacio Público e Higiene Urbana del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. 

“Todo el mundo quiere subir, pero no se hacen visitas y la única escalera que hay es de mantenimiento. La llave la tiene el Ministerio y la autorización incluso para las proyecciones que se hacen desde acá las autoriza el Ministerio”, nos explica Leis a modo de introducción para comprender lo particular de la visita, justo antes de empezar a prepararnos para la subida. 

Los agentes de Defensa Civil ya tienen todo listo para nosotros: arnés de escalada, guantes, casco y una palabra de aliento, que en ese momento es clave para emprender el ascenso. Y ahora sí, empezamos. En uno de los ángulos de 90 grados está la escalera vertical. Hacia arriba, la masa de concreto, algunos balcones para descanso donde el resto de los muchachos de Defensa Civil nos espera para ir cambiándonos la soga de seguridad. Son 67,5 metros de altura divididos en 206 escalonesSubir y bajar el Obelisco lleva aproximadamente 60 minutos; en ese tiempo hay apenas unos segundos de descanso en los entrepisos y unos minutos arriba de todo para apreciar a la Ciudad de Buenos Aires desde arriba. 

 

 

Para llegar hasta a la cúspide hay que olvidarse de los arreglos personales; nada de zapatos, ni traje. Cuánto más cómoda sea la ropa que se utilice mejor porque la experiencia es lo más parecido a una sesión de entrenamiento de alta exigencia. Gemelos, cuádriceps, glúteos, pectorales, bíceps y tríceps; todo el cuerpo trabaja al mismo tiempo. El primer tramo es uno de los más complejos: es el más largo y el hecho de que allí el Obelisco sea más ancho no ayuda para enfrentar algún temor que pueda aparecer. Cabeza firme mirando hacia adelante y a respirar por la nariz para administrar mejor el oxígeno.

Primera parada. Subimos ya 20 metros de altura aproximadamente. Agitación y mucha transpiración. Ahora las paredes están más cerca, y el hueco para asomarse y mirar hacia abajo es más pequeño. Desde aquí la recomendación es no hacerlo. Cambiamos de soga, nuevo enganche, palmada y aliento de otro operario en modo instructor de functional y a entrenar. Hacemos 10 metros más, segunda parada. Acá esperamos un poco más para que bajen las únicas personas que estaban arriba. Respiramos y seguimos. 

Ya estamos a mitad de camino. Cada operario que nos recibe nos anima a seguir y nos da a entender que lo nuestro es un privilegio y hay que disfrutarlo. Nadie sube al Obelisco, o casi nadie. Seguimos hacia arriba y la cúspide está cada vez más cerca. Último enganche y tramo final con el último aliento. Ya son varios minutos de actividad física intensa. 

Los 67,5 metros de altura del Obelisco están divididos en 206 escalones, y subir y bajar lleva aproximadamente 60 minutos.

Llegamos. En lo más alto, la punta del Obelisco no se puede pisar en el centro porque hay una compuerta de chapa. Justo arriba, hay una roldana gigante y vieja, que revela que alguna vez hubo un montacargas. Mal no nos hubiese venido, pero igual llegamos a pura pierna. 

En lo más alto, volvemos a apreciar el viento y luz natural que entran por las cuatro ventanas. Vemos Corrientes a contra mano y podemos apreciar todos los barrios porteños que atraviesa. Del otro lado, vemos Puerto Madero y hacia el norte de 9 de Julio, el pedacito de la Ciudad y la enorme masa de agua del Río de la Plata. Si giramos, observamos la figura de Eva Perón imponente en las paredes del Ministerio de Desarrollo Social, que casi eclipsa la mirada. Detrás de ella, la autopista, el Puente Pueyrredón y los primeros municipios del sur de la Provincia de Buenos Aires. 

 

Pero cerquita desde nuestro punto de observación también hay cosas dignas de admirar. ¿Quién no mira las terrazas de los edificios cuando la altura lo permite? Desde acá se observan esas que nunca se ven, principalmente la que tiene el famoso chalet en la esquina de 9 de Julio y Corrientes. El espectáculo es impresionante. 

Termina el momento de relajo y eso hora de descender. Menos esfuerzo físico quizás, pero misma concentración. Todos los operarios nos preguntan si nos gustó. La respuesta es obvia. 

Planta baja. La transpiración es total, la adrenalina comienza a decrecer. Charlamos, nos sacamos el arnés y salimos a la luz natural. Saludamos, agradecemos y nos vamos. Le pegamos una última mirada al monumento: ahí está de nuevo, el Obelisco como siempre lo vimos, desde afuera y desde abajo.